lunes, 14 de mayo de 2012

No me dibujes.

Cuando en un viaje te ves metida en una sociedad muy diferente a la tuya, todo te llama la atención, posiblemente te atrae, y quieres retenerlo todo en tu cámara fotográfica o tu cuaderno de viajes.
Por motivos profesionales acabo de pasar 24h escasas en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, una ciudad de la que me decían que no había nada que ver, salvo visitar las playas de los hoteles de lujo o hacer alguna excursión por la selva. Como soy más bien urbanita, y tenía además  pendiente mis deberes de la semana con el grupo de  flickr, me fui directa al mercado central, centro neurálgico donde se cuece lo más importante de cada comunidad en cualquier lugar del mundo.


En el Mercado Central de Malabo se mezclan el Rastro, las ferreterías y las tiendas de ropa, las droguerías, zapaterías, lencerías etc, en un alegre batiburrillo de puestos apretados y perfectamente alineados. Y al final del todo, frutas y verduras, carnes y pescados, expuestos sobre mesas o en el suelo, sin ningún tipo de refrigeración ni aislamiento, evidentemente. Y ahí que me planté con mi cuaderno, encantada de dibujar unas frutas que no había visto nunca, unos preparados para salsas muy apetecibles, o unos pescados ahumados muy curiosos. Me paseaba por la galería, sorprendida ante lo que veía... pero ninguna de las propietarias de los puestecillos me permitía que le hiciera un dibujo. Orondas mujeres vestidas con unas telas maravillosas, en poses de lo más relajadas -algunas dormían con cabeza y pecho descansando sobre el género, qué tentación- pero no me atreví a dibujarlas a escondidas y sin permiso. Al fin y al cabo yo era un extraño bicho raro blanco...
Llevaba casi una hora entre ellas, sudando la gota gorda y soportando una humedad de casi el 80%, cuando por fin Ana, que vendía gallinas ahumadas, accedió a que le hiciera un retrato, entre las risas de las demás mujeres. Ello no significó que se me abriera el Mar Rojo ante mis pies, porque la mayoría siguió negándose a que la dibujara, pero me permitió usar su retrato como un pasaporte para las pocas que sí accedieron más tarde.
Esta niña fue la única que me escribió su nombre de su puño y letra, las demás me pedían que lo escribiera yo.

 


No sé si estas mujeres tenían algún tipo de pudor o vergüenza atávicos que les impedía acceder a que las dibujaran, a mí me habría dado mucha pena haberme marchado sin recordarlas en mi cuaderno...

Podéis ver alguna historia más aquí.

9 comentarios:

LALO dijo...

¡¡¡Son geniales!!! Yo no me hubiera atrevido ni a pedirles permiso para retratar...

Juan Mª dijo...

no me extraña que se negaran, nos has traído parte de su esencia.

...le puedes mandar una copia a Teresa al puesto del mercadillo,...sin muchos más datos.

Miguel Herranz dijo...

Me gusta mucho la historia y cómo la cuentas y la ilustras. No sé si se te ha abierto el mar rojo pero se ve una evolución últimamente como si hubieras atravesado un océano.

Patrizia Torres dijo...

Lalo, para mí no fue fácil insistir y rogar como una pesada para dibujarlas, pero como ahí no me conocía nadie, me puse la careta de guiri extravagante (que lo era, ciertamente) y a correr...

Gracias Juan Mª, buena idea, quizás les llegue la carta, quién sabe.

Miguel, me has puesto colorada...

INMA SERRANO dijo...

Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con Miguel. Estos dibujos tuyos son impresionantes. Y las historias... Dan ganas de leer más y más.

Cristina dijo...

Pedazo de reportaje! Me alegro de que insistieras, así no nos hemos perdido esto :)

clara dijo...

La insistencia dió buenos frutos y gracias por compartirlo. Soy de las de Miguel...Estás que te sales de la línea y del color.

Patrizia Torres dijo...

Inma, Cris y Clara, os habéis confabulado con Miguel, me habéis puesto colorada...

Gracias, vuestros comentarios son estimulantes .

Joaquin dijo...

Bonita historia del mercado, Patrizia. Yo no sé si me hubiera escondido en una esquina para dibujar disimulado... claro que un retrato posando siempre queda mejor. Me gusta el de la niña, con esas manchas de color que yo nunca me habría atrevido a poner.