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Os vengo a hablar de chorizos, pero no de los que estamos acostumbrados a
ver en los medios sino de los que se comen.
El fin de semana estuve en Orés- que por aquí ya os lo he presentado más
de una vez dibujado- por que se celebraba la fiesta del mondongo.
Pertenezco a una Asociación Cultural que pretende que las constumbres de
ese pueblo no se pierdan, o se recuperen. Hacía tiempo que se pensó que
en el pueblo no se celebraba ninguna matacía como antaño se solía hacer
en cada casa, cada familia.
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Cuando los niños ya pensaban que los chorizos, las salchicas, las
morcillas...eran productos extrusionados que se fabricaban así:
cordaditos y en bandeja, incluso con la silueta de Mickey Mouse
insertada, un grupo de paisanos se pusieron manos a la obra para
recuperar esa tradición y al menos una vez al año se preparase el
mondongo entre los del pueblo y no se perdieran ni las recetas, ni los
modos y haceres del lugar.
Aunque todos los años se discuta un poco sobre si los de mi casa echaban
tal especia, y los de la otra cuarto y mitad más, al final siempre sale
todo estupendo. A los que les gusta enfrascarse y pringarse: allí
tienen tarea. Los que quieren aprender o curiosear: también tienen
sitio.
Este año he aprendido, mejor dicho corroborado, que el cuaderno es un
salvaconducto estupendo para estar ahí, hacer compañía y sentirse
acompañado y agasajado.
Cuando el personal está
trabajando duro uno se cuestiona que eso de estar con el cuadernito
trazando líneas y metiendo colores a lo mejor suena un poco de
"señoritos", pero resulta que puestos a no ayudar en eso de mondonguear,
que una se dedique a dejar constancia de lo que otros hacen no está tan
mal visto. Aquí mi homenaje a las mondongueador@s y cortador@s que nos
agasajaron con tan ricas viandas comestibles y tanto conocimiento
culinario. Todos hemos ganado en kilikos y en saberes. Bueno, todos no,
el cerdo sí que salió perdiendo.