
Mientras hiela por todas partes, aquí al solecito se está la mar de bien.
Este sábado por la mañana es de los que lo reconcilian a uno con el resto del universo: dibujo en una plaza junto a mis hijos, mientras otros niños más pequeños echan alpiste a las palomas -quizás sean gusanitos, pero prefiero pensar lo contrario- y sus hermanos mayores circundan el
obelisco a Torrijos en sus bicis con ruedines. Picasso nos observa, en forma de estatua de bronce, bajo el balcón de su casa natal, a la vez que otros conciudadanos permanecen tan inmóviles como él sobre los bancos de mármol, como lagartos al sol, mientras la escena parece desarrollarse con una lentitud pasmosa.
En la superficie del obelisco, una placa titula a mi ciudad "la primera en el peligro de la libertad".
Por un momento parece que vivo en un país civilizado.