Están sentados en la mesa que queda en frente a la nuestra. Él me da su espalda. A ella en cambio la tengo colocada de perfil y la veo gesticular mientras la dibujo. Aunque mueve mucho sus manos, su cara está muy quieta.
Pienso que es muy guapa.
Me llama la atención el color de su pañuelo y me engancho con esto.
Me va saliendo un dibujo lento, sin prisas.
Estoy hablando de otras cosas y no estoy atendiendo demasiado a mi modelo.
Una de las veces que la miro me parece verla llorar. Es en este momento cuando empiezo a prestar atención a la escena. Me fijo mejor en ella. Habla sin parar, y está llorando.
A él no le veo la cara pero intuyo que no está diciendo casi nada, o solo monosílabos.
Por supuesto ni un gesto de cariño por su parte. No le toma la mano, no la abraza, no la besa.
Ella sigue hablándole. Y llorándole.
No se si llego a imaginar el grado de asfixia a que puede sentirse sometida una mujer que tiene dueño.
La miro por última vez antes de que se levanten de la mesa y se vayan juntos hacia la calle.
En Marruecos resulta raro ver a una mujer sentada en un bar.
Resulta imposible verla sola.
Sin embargo, no me ha parecido extraño verla llorar.
(8 de Marzo: Dia Internacional de la Mujer)