domingo, 25 de enero de 2015

LO QUE DA DE SÍ UN FLAMENQUÍN...de ruta por CÓRDOBA

Puente romano, desde la orilla de la Calahorra.

Templo de Claudio Marcelo

     Al nombrar Córdoba pensamos en velos y turbantes, pero antes que árabe -Qurtuba-, fue romana -Corduba-.
     Esto nos lo recuerda, nada más entrar, su puente romano, del s. I d. C; una pasarela del tiempo, que tras superar sus dieciseis arcos nos traslada a un auténtico aparato circulatorio de transeúntes .
      Los abigarrados callejones del casco antiguo cordobés nos recuerdan a un hormiguero cuyos túneles nos llevan siempre hasta la reina, la Mezquita. 

          Todos los caminos conducen a Roma, o al menos la calzada que discurría sobre el puente; pero para llegar a Roma no necesitamos ir hasta Italia; esta capital conventual andaluza disponía de todas las comodidades que un patricio pudiera desear; cuando el sofocante calor andaluz no tenía rival , siempre podían tomarse un salmorejo a la sombrita de un naranjo como los del patio de la mezquita; y es que quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija. En invierno, es más conveniente buscar los rayos de sol que se cuelan entre callejas, patios y arcos.
     Recostado en el patio de los naranjos admiré esta torre sacrílega que rompe el cielo cordobés como también rompió la estética del edificio en que se ubica, revistiendo un digno alminar y ahogando en su interior los cánticos del almuédano.  El pobre Carlos V tiene en sus espaldas esta triste responsabilidad, más  no tardó en arrepentirse de ello: habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes.

     Otras torres desafían la escasa altura de este casco antiguo, aquellas que sirvieron para la defensa de la ciudad, hoy posadas estratégicamente como piezas de un ajedrez en un tablero de puertas, plazuelas y palacios. Algunas vigilaban la entrada a la ciudad -la Calahorra-, otras testimonian una vieja muralla que hoy queda dentro de un palacio -Palacio de los Marqueses del Carpio- y otras sencillamente son monumentos en el sentido estricto de la palabra, recuerdos; recuerdos de un mal pasado y recuerdos de una mala muerte -la torre de la Malmuerta-.
Palacio de los Marqueses del Carpio.




 Pero como decíamos, Córdoba es romana. Un museo muy interesante se levanta sobre el teatro romano, defendido por unos gruesos fustes de mármol que se salvaron de convertirse en cal. ¿Cómo eran los cordobeses de aquella época? Unos globalizados andaluces de hace dos milenios posan para los visitantes del museo.
     Piezas de un incalculable valor nos retrotraen a las costumbres y gustos de una perversa sociedad que tenía muy claro su concepto de belleza, una mujer natural, un cuerpo humano, carnoso y sutil, quieto pero en movimiento.
Afrodita agachada. s. II.
     La ciudad recuerda a Séneca, a Lucano, a Góngora; capiteles como fuentes, letras como imágenes, Córdoba es arte y literatura. Durante el s. X se convirtió en la sede del saber occidental; entre sus progresos debió figurar el descubrimiento del salmorejo y las berenjenas a la miel -y del torrillón de un palmo de grosor-.      
En el Moriles, ¡que aproveche!
  

   











En 1236, los castellanos debieron sustituir la liviana verdura por el denso relleno de un flamenquín; aunque mantendrían el consumo del té como digestivo; tras probarlo puedo corroborarlo. Y es que nadie puede irse de Córdoba sin comer en el Moriles y sin beber un té en su judería ; Córdoba es romana y los fustes que sostienen los templos más sagrados, los andares de las cordobesas, son hoy esta maravilla de la industria cárnica...ya lo decía la jefa...lo que da de sí un flamenquín.