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lunes, 10 de noviembre de 2014

MUSEO ARQUEOLÓGICO DE JEREZ

Plaza de la Merced, 14:00 h.
El sábado 8 de noviembre -jornada del Enoturismo jerezano-, los Sketchers Bahía de Cádiz nos encajamos en Jerez de la Frontera, justo en el centro neurálgico de lo que fue la medina jerezana almohade, y que aún hoy conserva como testigo restos de la muralla de casi ocho siglos, el popular barrio de San Mateo.
Patio del Museo Arqueológico de Jerez.
Aquí, en la Plaza del Mercado, se ubica el Museo Arqueológico de Jerez de la Frontera, donde nos dimos de bruces con la Historia de algunas de las ciudades más importantes de los últimos dos milenios de la Historia de este fragmentado país; entre ellas Asta Regia, de la que hoy día apenas quedan unos restos soterrados. Este simpático león formaba parte de un monumento funerario de esta misteriosa ciudad, hoy día hundida en las tierras de un cerro a poco más de 10 kilómetros de Jerez. Observando sus ojos que no miraban a ninguna parte sentí mas de un escalofrío, pensando todos los momentos históricos que debió conocer, cuantos invasores debieron mirarlo con la misma curiosidad que yo.
Otros misteriosos ojos son los de este ídolo, que apareció también a pocos kilómetros de Jerez, en la vigía del Guadalete, Torrecera, donde un castillo de barro apenas asusta a las grajillas, pero que hace medio milenio servía para avisar de los enemigos y dicen que llegaba a guardar un tesoro en sus paredes, un misterioso hueco creado recientemente parece querer decirnos algo. Unos escolares descubrieron esta pieza; tras cinco milenios debe ser agradable despertar de un terroso letargo viendo la sonrisa de los pocos seres no corruptos que quedan por este planeta.

El símbolo del museo es esta fascinante pieza, un casco griego arrojado a las aguas del río más gaditano como ritual funerario hace más de veintiseis siglos, se dice pronto, ¿eh?

En otro orden de cosas, este museo, que desde el siglo XVIII lleva acopiando retales de la historia de esta ciudad del bajo Guadalete y su entorno, ha querido también hacer una mención a su pasado medieval y renacentista. La iglesia del arrabal jerezano por excelencia, el barrio de Lola Flores, barrio de flamenco y de tradición; San Miguel, nos ha legado parte de este púlpito donde figura el alado santo titular. 
Hasta tal punto, la religión regía la vida de los jerezanos de la baja Edad Media, que no es de extrañar que uno de los edificios civiles por excelencia, aquél que servía para vigilancia y para reloj de la población, se adosara a la iglesia del santo patrón San Dionisio. Una cerveza en plaza Plateros me permitió observar sin ninguna timidez esa torre de la Atalaya frente a la que tantas noches he tomado un oloroso, cuantas veces he interrumpido una interesante conversacion solo porque pasaba por delante de ella, para que quien venía conmigo se parara a mirarla al igual que yo, seguro que si lee esto lo recordará.

viernes, 10 de octubre de 2014

¡ÁMONO, ÁMONO, PA JERÉ, PA JERÉ, DE LA FRONTERA!


 LOS SÍMBOLOS DE JEREZ DE LA FRONTERA


Pocas personas de las que hoy pasean por la Calle Larga, han conocido el paisaje de la ciudad de Jerez sin este edificio construido por Anibal González, sí, el mismo arquitecto de la Plaza España de Sevilla, en 1928.
El edificio es como una tarta nupcial y se ha convertido en un simpático símbolo de la arquitectura jerezana. Además, unas letras de un color rojo desgastado nos hablan de la bodega más antigua de Jerez, las bodegas Fundador, de los Domecq, los mecenas del edificio.

Otro gran simbolo de Jerez es el caballo, pues en esta ciudad se encuentra la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, gracias a que Álvaro Domecq recibió para él y para su ciudad, Jerez, el galardón del caballo de oro. Desde entonces podemos ver caballos bailando al son del arte más andaluz. Es por esto que es ineludible pensar en Jerez como la ciudad del caballo, algunos rincones de la ciudad nos lo recuerdan cuando menos lo esperamos. En la pequeña Placita de Belén, se encuentra este pequeño caballo que Córdoba le cedió hace ya algunas décadas, ¿No os recuerda al otro símbolo cordobés, el situado en la Plaza del Potro? En Jerez las rotondas abundan, pero no son desagradables, pues se pueden ver caballos de colores, un quijotesco caballo de hojalata o hasta un carruaje tirado por seis equinos. Mientras dibujaba el caballito, un concierto de ópera en la vecina Plaza de la Asunción me estaba relajando tanto que casi se me cae el pincel de la mano.

El otro gran símbolo, y en el que no me extenderé por haberle dedicado la anterior entrada del blog, es el Alcázar de Jerez, sobre todo esta dichosa torre almohade que me tiene obsesionado, su forma octogonal dan ganas de dibujarla desde arriba, desde abajo, de perfil, al sol y a la sombra.




Por último, la patria chica de Lola Fores, su barrio de San Miguel, cuya iglesia de 1484 despunta en el paisaje por su elevada posición en la orografía jerezana, pues algunas de sus cuestas son auténticas montañitas para el que se ha tomado unos vinitos un ratito antes. La humilde vivienda de la faraona, señalada por una pobre placa nos dicen que este barrio es de gente humilde, ya se acerca diciembre, los amantes del flamenco estan de enhorabuena si vienen por este barrio y se topan con una buena zambomba.

viernes, 3 de octubre de 2014

HOY CON TODOS USTEDES: EL ALCÁZAR DE JEREZ

Cuentan que en 1261 Fortún de Torres se dejó las manos, los pies y hasta los dientes por sostener el estandarte de su rey dentro de este edificio a salvo de sus enemigos. Tras poco más de una hora en su interior, yo también llegué a sentirme celoso de que alguien pudiera poseer este tesoro del que ya me había apropiado, al menos mentalmente;  el Alcázar de Jerez es toda una joya de la arquitectura islámica.
Un nuevo imperio musulmán que había emergido en el siglo XII, los almohades, con un nombre que invita al deporte nacional -la siesta-;  habían levantado a esta ciudad hacia unas alturas nunca conocidas hasta entonces. Y cuando decimos altura es literal, puesto que habían levantado una gran fortaleza a más de 80 metros sobre el nivel del mar, ese mar antaño cercano. Alguien pensó que sería bueno desafiar a estos reyes del hormigón, o mejor dicho del tapial, y quiso plantearles el reto de construir un edificio más alto que el propio alcázar, un Algarrobico de los cincuenta con escasas cinco plantas. Hoy día, de aquello no queda más que el espeluznante recuerdo fotográfco, pues el Goma-2 se encargó en 1981 de destruir hasta el último centímetro cuadrado de su horrenda superficie. La torre del Homenaje que había construído don Rodrigo Ponce de León lo vio todo con ojos estupefactos, algunas esquirlas debieron darle tras la explosión, pero una torre tan fuerte se sacudiría como si nada.


Por este lugar han pasado tantos personajes históricos que casi sería imposible terminar de leer la lista antes de terminar la entrada de este blog. Un hamman, una mezquita y unas torres de una belleza inigualable fueron contemplados por algunas de las miradas más críticas de la sociedad medieval; los Reyes Católicos pasaron por aquí un tiempecito, aunque conociendo el escaso amor por la higiene en aquellos tiempos es dudoso que estos disfrutaran de un agradable rato de hamman en los baños árabes, que por otra parte, ya no tenían el mismo uso que hacía casi doscientos cincuenta años antes.
Este alcázar tenía una puerta para entrar por la ciudad, y otra para salir por el campo; era imposible no mirar atrás para decirle adiós a la fabulosa torre octogonal, que controla el sur de la ciudad, el sur del alcázar y el sur del sur. Durante un mes este pirulí de tapial, esta maravilla de la más simple ingeniería, estuvo observando titubeante los tiras y aflojas de las tropas de Alfonso X contra las de Abenabit; finalmente, tuvo que despedirse de su buen amigo moro que tantas veces le había visto subir y bajar por esta escalera central que la vertebra  y cuyos escalones echarían humo por tantas subidas y bajadas, ¿quién no estaría preocupado viendo venir el fin de las mil y una noches? Este edificio, su huerto, sus fuentes, el sol reflejado en su enlucido tapial; todo iba a parar a manos de unos cristianos que supieron asumir que la belleza está en el interior y que más allá de los opacos muros de hormigón, se abría para ellos todo un mundo interior que sin duda supieron aprovechar. 
Al visitante, decirle que procure ir un día de sol, pues evoca una de esas fortalezas en medio del desierto, y se hace necesario, con el calor, buscar una de las fuentes que o bien con nenúfares o bien con peces naranjas, jalonan el edificio. Entre estas fuentes y edificios morunos, pueden verse a menudo, como dijo un tal Ahmad ben Muhammad al-Maqqari para las calles y zocos de Jerez, "amantes y enamorados".